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El rayo de luna



«... Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.

Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante.

Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas...»


__Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870 , Leyenda 6 (fragmento): «El rayo de luna»__

Gritos y susurros...


Cuenta una leyenda tibetana, que un día un maestro preguntó a su alumnado lo siguiente: ¿Por qué las personas se gritan cuando están enojadas?

Los alumnos pensaron unos momentos:

       -Porque perdemos la calma -dijo uno-, por eso gritamos.

     -Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? preguntó el maestro; ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?

Los alumnos dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía a su maestro. Finalmente él explicó:

     -Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.

Luego preguntó: -¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran?

Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente… ¿Por qué? Porque sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña...Y cuando el amor es más grande , finalmente, no necesitan ni siquiera susurrar. Solo se miran y eso es todo" 

Cuando discutamos no dejemos que nuestros corazones se alejen. No digamos palabras que nos distancien más. Llegará un día que la distancia sea tanta que no encontraremos más el camino de regreso.


Eco y Narciso


Eco era una joven ninfa de los bosques, parlanchina y alegre. 

Con su charla incesante, entretenía a Hera, esposa de Zeus, y estos eran los momentos que éste aprovechaba para mantener sus relaciones extraconyugales.


Hera, furiosa cuando supo esto, condenó a Eco a no poder hablar sino solamente repetir el final de las frases que escuchara, y ella, avergonzada, abandonó los bosques que solía frecuentar, recluyéndose en una cueva cercana a un riachuelo.

Narciso era un muchacho precioso. Cuando él nació, el adivino predijo que si se veía su imagen en un espejo sería su perdición, y así su madre evitó siempre espejos y demás objetos en los que pudiera verse reflejado.


Narciso creció así, hermosísimo sin ser consciente de ello, y haciendo caso omiso a las muchachas que ansiaban que se fijara en ellas. 

Narciso daba largos paseos sumido en sus propios pensamientos , y uno de esos paseos le llevó cerca de la cueva donde Eco vivía. La ninfa le miró embelesada y quedó prendada de él, pero no tuvo el valor suficiente para acercársele.

Narciso encontró agradable el camino que había seguido ese día y lo repitió muchos más. Eco le esperaba y le seguía en su paseo, siempre a distancia, temerosa de ser vista, hasta que un día, un ruido que hizo al pisar una ramita puso a Narciso sobre aviso de su presencia, quedó esperándola y la descubrió.

Eco palideció al ser descubierta, y enrojeció cuando Narciso se dirigió a ella:

- ¿Qué haces aquí? ¿Por qué me sigues?

- Aquí... me sigues... - fue lo único que Eco pudo decir, maldita como estaba, habiendo perdido su voz. Narciso siguió hablando y Eco nunca podía decir lo que deseaba.

La ninfa acudió a la ayuda de los animales del bosque, que de alguna manera le hicieron entender a Narciso el amor que Eco le profesaba. 

Ella le miró expectante, ansiosa... pero la risa helada de Narciso la desgarró.

Y así, mientras el muchacho se reía de ella, de sus pretensiones, de su amor … Eco moría.

Se retiró a su cueva, donde permaneció quieta, sin moverse, repitiendo en voz quedada, un susurro apenas … las últimas palabras que le había oído decir a Narciso …

_ "qué estúpida... qué estúpida...

_ qué... es… tu... pida...".

Y dicen que allí se consumió de pena, tan quieta que llegó a convertirse en parte de la propia piedra de la cueva...

Pero el mal que haces a otros no suele salir gratis... y así, Némesis, diosa griega que había presenciado toda la desesperación de Eco, entró en la vida de Narciso otro día que había vuelto a salir a pasear y le encantó hasta casi hacerle desfallecer de sed.

Narciso recordó el riachuelo donde una vez había encontrado a Eco, y sediento se dirigió hacia él.

A punto de beber, vio su imagen reflejada en el río. Y como le habían predicho al nacer, quedó absolutamente cegado por su propia belleza, en el reflejo. Y enamorado como quedó de su imagen, quiso reunirse con ella y murió ahogado tras lanzarse a las aguas.


En el lugar de su muerte, surgió una nueva flor a la que se le dio su nombre: el narciso, flor que crece sobre las aguas de los ríos, reflejándose siempre en ellos.

Lady Godiva

Pintura de Johan Collier, 1897

Godiva se llamó realmente «Godgifú» («regalo de Dios») y su leyenda surgió dos siglos después de su muerte. Roger de Wendover, monje en la abadía de San Albano, la transcribe por vez primera. La señora real (908?-1057) dejó huella como benefactora de instituciones religiosas.


A principios del siglo XI tuvo lugar en Inglaterra un hecho fascinante y que está entre la leyenda y la Historia. Lady Godiva existió realmente a principios del siglo XI y fue una dama anglosajona, famosa por su bondad y belleza. 



Estaba casada con Leofric,  conde de Chester y  señor de Coventry. Gracias al gobierno  de Leofric, el pueblo fue creciendo hasta convertirse en una ciudad importante de la región. 

Pero el Conde se fue volviendo muy ambicioso y ponía grandes impuestos a la gente del pueblo. En cambio Lady Godiva era humanitaria y se compadecía de  ellos, teniendo siempre mucho contacto con la gente por lo que todos sentían afecto y respeto hacia  ella. 


La leyenda cuenta que cuando su esposo se volvió tan ambicioso, ella le suplicó insistentemente que no subiera los impuestos. Lady Godiva veía que los habitantes del pueblo no tenían una vida digna.

Al fin, el conde accedió a bajar los impuestos con una sola condición: Lady Godiva debía  recorrer el pueblo montada sobre su caballo y completamente desnuda, pensando el conde que ella jamás sería capaz de hacerlo. 


Lady Godiva paseó desnuda a caballo sin más vestidura que sus largos cabellos. Por respeto hacia ella y para que no se avergonzara, todos los vecinos de Coventry permanecían en sus casas encerrados y con las ventanas cerradas.

Cuenta la leyenda que un sastre se saltó el acuerdo y no fue capaz de vencer la tentación de observar a su señora desnuda a través de la rendija de una ventana. En consecuencia, el sastre se quedó ciego.

El conde conmovido por el gesto de su esposa, cumplió su promesa y rebajó los impuestos.




(Fuentes: Zenda, Retratos de una leyenda, Pintarest, Infobae, Coventry Society)


"Apolo y Dafne"


Apolo, hijo de Zeus, era el dios griego de la música, de la poesía, de la luz e incluso de las artes adivinatorias y un gran cazador, que derrotó con su flechas a la temible serpiente Pitón.

Orgulloso de sí mismo, se atrevió a burlarse de Eros por llevar arco y flechas siendo tan niño.

Dafne es una hermosa y virtuosa ninfa  que vive dedicada a la caza y a la vida solitaria del bosque y había rechazado los intentos de su padre de casarla. 

Al sentirse humillado por el arrogante dios, Eros se vengó disparándole una flecha de oro que le hizo enamorarse locamente de la ninfa Dafne , mientras a ella le disparó otra flecha de plomo, que le hacía rechazar el amor. 

Apolo persiguió obsesionado a Dafne, La ninfa huye de él hasta llegar a orillas del río Peneo y justo antes de que Apolo pueda alcanzarla, pide ayuda a los dioses que la transforman en laurel. 


"A Dafne ya los brazos le crecían

y en luengos ramos vueltos se mostraban;

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos que el oro oscurecían;

de áspera corteza se cubrían

los tiernos miembros que aun bullendo estaban;

los blancos pies en tierra hincaban

y en torcidas raíces se volvían.


Aquel que fue la causa de tal daño,

a fuerza de llorar, crecer hacía

este árbol, que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,

que con llorarla crezca cada día

la causa y la razón por que lloraba!"

_Garcilaso de la Vega_

(Escultura Apolo y Dafne, Bernini, barroco italiano)